Portada de Perfil sombra: dos siluetas proyectadas entre dos puertas de un pasillo

Relato · Ficción · Gratis

Perfil sombra

Lo que los algoritmos creen saber

Irene pide su expediente de datos personales por curiosidad. No espera encontrar gran cosa: nombre, dirección, algún dato publicitario. Lo que encuentra, en la página ciento doce, es una categoría que no debería existir.

Relación interpersonal inferida: íntima.
Sujeto relacionado: residente n.º 38.
Confianza del modelo: 78,4 %.

En el 38 vive un vecino con el que apenas ha cruzado tres frases seguidas.

Perfil sombra es una historia sobre lo que los algoritmos deducen de nosotros sin que se lo hayamos contado — y sobre lo que pasa cuando esa deducción empieza a parecerse demasiado a la realidad.

Un relato corto y gratuito. Se lee en menos de una hora.

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Perfil sombra

Irene había pedido el archivo por curiosidad y por una forma menor de rencor administrativo.

Tres semanas antes, mientras cancelaba una suscripción que no recordaba haber contratado, encontró al final de una página de condiciones legales un enlace con un nombre prometedor: Acceso a información personal y perfiles derivados. Entró esperando una docena de datos obvios —nombre, dirección, edad, quizá algún identificador publicitario— y terminó rellenando dos formularios, enviando una fotografía del documento de identidad y respondiendo a un correo que le preguntaba, con una cortesía sospechosa, si estaba segura de querer ejercer su derecho de acceso.

Lo estaba.

El lunes por la noche recibió un enlace de descarga.

El archivo comprimido pesaba diecisiete megabytes.

Le pareció excesivo para una empresa con la que nunca había hablado.

Abrió una cerveza, se quitó las gafas, recordó que sin ellas no podía leer y volvió a ponérselas. El documento principal tenía ciento ochenta y seis páginas.

Las primeras consiguieron aburrirla.

Nombre aproximado. Dirección actual. Direcciones anteriores. Intervalo de ingresos estimado. Vehículo propio: improbable. Propiedad inmobiliaria: no confirmada. Nivel educativo: superior. Trabajo administrativo: confianza media.

—Gracias —dijo.

Pasó varias páginas con la rueda del ratón.

Había algo irritante en que una empresa desconocida se permitiera estar tan equivocada y tan cerca.

Propietaria probable de animal doméstico: 64 %.

Falso.

Aunque había cuidado cuatro meses el gato de su hermana cuando esta se mudó a Bruselas.

Consumidora habitual de productos ecológicos: 71 %.

Dependía de si estaban de oferta.

Afinidad con turismo cultural: alta.

Podían ser las entradas de museos, las reservas de hotel o todas aquellas búsquedas de vuelos que realizaba durante semanas y nunca compraba.

Riesgo de insomnio: alto.

Dejó la botella.

No había comunicado a ninguna aseguradora que se despertaba a las tres o las cuatro varias noches por semana. Nunca había descargado una aplicación para dormir. No compraba melatonina. Ni siquiera recordaba haber buscado insomnio últimamente.

Pulsó el triángulo junto a la categoría.

Actividad nocturna de dispositivo.

Patrones horarios de navegación.

Consumo multimedia durante la madrugada.

Movimiento doméstico estimado en franja 02:00–05:00.

Levantó la vista hacia el teléfono, que cargaba sobre la encimera.

No parecía especialmente culpable.

A partir de entonces leyó más despacio.

Había categorías políticas expresadas con suficiente vaguedad para no parecer políticas. Riesgos financieros que jamás habría rellenado en un formulario. Probabilidad de vivir sola. Capacidad de gasto. Sensibilidad a promociones. Frecuencia estimada de actividad física.

Posible cambio de domicilio en los próximos veinticuatro meses: 23 %.

La molestó descubrir que el número le parecía razonable.

Pensaba mudarse desde hacía años.

No había hecho nada.

En la página ciento doce dejó de beber.

La categoría estaba entre COMPOSICIÓN DOMÉSTICA y VÍNCULOS RECURRENTES DE PROXIMIDAD. Mismo gris, mismo cuerpo de letra, ninguna advertencia.

RELACIÓN INTERPERSONAL INFERIDA: ÍNTIMA

Debajo:

Sujeto relacionado: residente n.º 38.

Y:

Confianza del modelo: 78,4 %.

No movió el ratón.

En el 38 vivía Gabriel Ríos.

Lo sabía porque meses atrás, durante una reparación, el administrador había colocado junto al ascensor una lista de propietarios y residentes. Irene había visto su apellido antes de que retiraran el papel.

Solo por curiosidad.

Volvió a leer.

Relación interpersonal inferida: íntima.

Podía significar muchas cosas.

No.

No podía.

Una categoría comercial no usaba la palabra íntima para decir que dos vecinos se prestaban azúcar.

Pulsó Detalles del modelo.

Se desplegó otro bloque.

Clasificación probabilística obtenida mediante correlación de señales de movilidad, permanencia nocturna, proximidad entre dispositivos, coincidencia comercial y recurrencia espaciotemporal.

—Recurrencia espaciotemporal —leyó.

Aquello lo arreglaba todo.

Buscó un botón de corrección. Había uno para impugnar datos de identidad y otro para pedir información adicional.

Su primer impulso fue escribir:

No me acuesto con el vecino del 38.

Imaginó la frase entrando en una cola de atención al cliente. Un empleado leyéndola antes del café. Quizá guardándola bajo otra categoría.

Cerró el formulario.

Gabriel.

Pensar su nombre bastó.

Las bolsas de tela espantosas.

La barba con más gris alrededor de la boca que en las mejillas.

Las manos.

Irene apartó los dedos del teclado.

Las manos eran información innecesaria.

Sabía, sin embargo, que tenía una pequeña marca blanca junto al nudillo del índice derecho. La había visto una mañana en que él sostuvo la puerta del portal mientras ella intentaba cerrar un paraguas. También sabía que algunos días volvía con olor a madera trabajada y que, cuando estaba cansado, se tocaba el puente de la nariz antes de buscar las llaves.

Demasiados detalles para un hombre con el que nunca había mantenido una conversación de más de tres minutos.

Cerró el portátil.

Se levantó para tirar la botella y vio que la bolsa de basura estaba llena.

Podía dejarla hasta la mañana siguiente.

Se puso unas zapatillas y salió.

Apenas había cerrado la puerta cuando oyó subir el ascensor.

Pensó en regresar.

Eso la dejó quieta.

Las puertas se abrieron.

Gabriel viajaba solo.

Llevaba una bolsa de papel bajo el brazo y otra de tela en la mano. Esta tenía estampado un violín desproporcionado y el nombre de una exposición de ocho años atrás.

—Hola.

—Hola.

Irene entró.

Gabriel pulsó la planta baja.

El ascensor descendió con la vibración de siempre. La basura olía vagamente a cáscara de naranja. De la bolsa de papel de Gabriel llegaba el aroma dulce de las mandarinas.

Cuarto.

Tercero.

Habían viajado juntos así decenas de veces.

Nunca había pensado en la distancia entre su hombro y el de él.

Ahora sí.

Gabriel cambió la bolsa de mano.

Irene se tensó antes de que hiciera nada.

Él la miró.

—¿Todo bien?

—Sí.

Segundo.

—Tienes cara de estar resolviendo un asesinato.

Irene volvió la cabeza.

Gabriel sonrió apenas.

Hasta esa noche habría pensado que tenía una sonrisa agradable.

Ahora una empresa, en algún servidor, sostenía con un 78,4 % de confianza que conocía lo que ella hacía con aquella boca.

Las puertas se abrieron.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Gabriel salió a la calle.

Irene permaneció dentro hasta que las puertas comenzaron a cerrarse y recordó la basura.

Metió el brazo.

El ascensor obedeció.

*

A las doce y diecisiete seguía despierta.

Había decidido presentar una reclamación formal y, para hacerlo, necesitaba entender de dónde procedía la categoría.

Escribió en una hoja:

AVERIGUAR FUENTES.

Debajo:

IMPUGNAR CLASIFICACIÓN.

Las mayúsculas ayudaban.

Volvió a abrir el documento.

La empresa permitía consultar una versión resumida de las señales que sustentaban determinadas categorías. Las fuentes concretas estaban agregadas, pero permanecían horas, frecuencias y clases de comportamiento.

Desplegó la primera.

Coincidencia residencial nocturna recurrente: alta.

Vivían en el mismo edificio.

Proximidad recurrente entre dispositivos asociados: media-alta.

Varias decenas de teléfonos dormían separados por tabiques.

Patrones horarios compatibles con unidad doméstica de dos adultos.

Irene frunció la boca.

Siguió.

Zonas comerciales compartidas. Trayectos con origen o destino próximo. Periodos de actividad e inactividad semejantes. Detección recurrente dentro de un mismo entorno residencial.

Había un apartado llamado Eventos de alta relevancia.

Lo abrió.

Viernes, 14 de marzo.

Tuvo que mirar el calendario para recordar qué había hecho aquella noche.

Nada.

Ese era precisamente el problema.

23:51 — ambos dispositivos localizados en zona residencial principal.

Vivían allí.

00:03 — patrones de conectividad compatibles con proximidad física.

Vecinos.

00:17 — dispositivo A: finalización de actividad significativa.

Se había dormido.

00:23 — dispositivo B: llegada estimada a residencia habitual.

Gabriel había vuelto seis minutos después.

07:41 — dispositivo B: reanudación de actividad.

07:47 — dispositivo A: reanudación de actividad.

Irene apoyó los codos en la mesa.

Había más.

Una compra de comida preparada para dos porciones.

La lasaña. Una mitad el viernes; la otra, el sábado.

Una botella de vino comprada esa tarde.

Una búsqueda de restaurantes realizada desde el dispositivo vinculado al 38.

Trayectos que coincidían durante ocho minutos entre el supermercado y el edificio.

Irene abrió el formulario.

Las señales indicadas no acreditan ninguna relación.

Borró acreditan.

Escribió:

No existe ninguna relación íntima entre el residente del número 38 y yo.

Se quedó mirando la frase.

Después las horas.

23:51.

00:17.

00:23.

07:41.

07:47.

Gabriel llegó detrás de ella.

Irene lo supo porque la puerta tardó una fracción más de lo normal en cerrarse y porque el sonido de las llaves contra el cuenco de la entrada no era el suyo.

—Eso ha estado cerca —dijo él.

—Te dije que no subieras conmigo.

—No. Dijiste que no me siguiera.

—¿Y qué diferencia hay?

Gabriel dejó las llaves.

—Una planta.

Irene intentó sostener la expresión seria.

No pudo.

—Idiota.

Él estaba demasiado cerca para que la palabra sonara como siempre.

La cocina tenía una sola lámpara encendida. Irene apoyó las manos en la encimera.

Gabriel miró la botella abierta.

—¿Eso es mío?

—No.

—Entonces sírveme poco.

Ella buscó otro vaso.

Al volverse, él estaba detrás.

Sin tocarla.

Irene le tendió el vino.

Gabriel no lo cogió enseguida. Sus dedos coincidieron alrededor del cristal y ninguno retiró la mano.

—Llevamos meses haciendo esto —dijo.

—¿Beber?

—Fingir que no pasa nada.

Irene soltó el vaso.

Gabriel lo sostuvo a tiempo.

—Casi lo tiras.

—Es culpa tuya.

—Todavía no he hecho nada.

Irene lo miró.

Fue ella quien cerró la distancia.

El primer beso duró poco. Una prueba, la presión de su boca y después la retirada, como si todavía pudieran atribuirlo a un error de cálculo.

Gabriel buscó su mirada.

Irene lo agarró de la camisa.

—Otra vez.

La segunda vez no dejó margen.

Gabriel depositó el vaso en la encimera sin mirar. Su mano encontró la cintura de Irene, primero con cautela, luego sin tantas dudas cuando ella lo acercó.

Había pasado meses conociendo aquella boca únicamente en frases: buenos días, te sujeto la puerta, creo que esto es tuyo, vaya tiempo.

De cerca era bastante menos educada.

Irene sintió la barba bajo los dedos. Gabriel se apartó apenas para respirar y ella volvió a besarlo antes de que dijera nada.

Él soltó una risa.

—¿Qué?

—Nada.

—Te estás riendo.

—Estoy sorprendido.

—No pareces muy sorprendido.

—Dame un minuto.

—No.

Lo besó otra vez.

Las manos de Gabriel recorrieron su espalda. Irene notó el borde de la encimera contra la cadera cuando retrocedió y tiró de él.

Todo aquello le resultaba conocido.

No vivido.

Conocido.

Gabriel apoyó la frente contra la suya.

—¿Seguro?

—Sí.

Irene le desabrochó un botón.

Luego otro.

La marca blanca junto al nudillo apareció cuando él tomó su mano.

Irene la reconoció.

Lo llevó hacia el dormitorio.

A las siete cuarenta y uno Gabriel despertó primero.

A las siete cuarenta y siete Irene abrió los ojos y lo encontró observándola desde el otro lado de la almohada.

—Buenos días —dijo él.

Ella sonrió.

El cursor parpadeó detrás de la frase:

No existe ninguna relación íntima entre el residente del número 38 y yo.

Irene apartó las manos del teclado.

La cocina estaba vacía.

La botella de la cena seguía junto al fregadero.

No había otro vaso.

La puerta del dormitorio estaba abierta y la cama, al fondo, conservaba únicamente el hundimiento de su propio cuerpo.

Gabriel nunca había estado allí.

Irene se levantó tan deprisa que la silla arañó el suelo.

Fue hasta la encimera.

Tocó el borde.

Regresó a la pantalla.

23:51.

00:17.

00:23.

07:41.

07:47.

Cinco registros.

La empresa no había puesto la boca de Gabriel sobre la suya.

Ni su mano en la cintura.

Ni la marca del nudillo.

Eso había salido de ella.

Cerró el documento.

Lo abrió otra vez.

Confianza del modelo: 78,4 %.

El porcentaje ya no le pareció ofensivo.

Le pareció obsceno.

*

El paquete llegó el miércoles.

O, más exactamente, no llegó.

A las seis y doce Irene recibió una notificación:

ENTREGADO AL RESIDENTE.

Debajo había una fotografía tomada por el repartidor. Una caja marrón ocupaba casi todo el encuadre y detrás, desenfocada, aparecía una puerta.

38.

Irene cerró la aplicación.

El paquete contenía tres libros y un adaptador de corriente que llevaba diez días esperando. No había ninguna razón para dejarlo allí hasta la mañana siguiente.

Se cambió de camiseta.

Se irritó consigo misma y recuperó la anterior.

Bajó un tramo de escaleras.

La puerta 38 estaba al final del rellano.

Una vecina del segundo intentaba convencer a un perro minúsculo de que entrara en casa.

El animal olfateó a Irene.

—No —dijo ella.

La vecina tiró suavemente de la correa.

—Le caes bien.

—No nos conocemos.

—A él eso le da igual.

Cuando desaparecieron, Irene llamó.

Oyó movimiento.

Gabriel abrió.

Llevaba gafas.

Irene no le había visto gafas nunca.

Tenían una montura fina y le daban un aspecto inesperadamente serio, aunque el pelo revuelto arruinaba el efecto.

—Hola.

—Tienes algo mío.

Gabriel miró hacia atrás.

—Eso suena peor de lo que debería.

—Un paquete.

—Ah.

Volvió con la caja.

Llevaba una camiseta gris vieja y restos rojizos en dos dedos.

Barniz, pensó Irene.

Luego se sorprendió a sí misma.

Recoger señales.

Completar huecos.

—Lo dejaron aquí —dijo Gabriel—. Supongo que el treinta y ocho y el cuarenta y ocho se parecen si tienes prisa.

—Solo comparten un ocho.

—Para algunas profesiones es suficiente.

Le tendió la caja.

Detrás de él se veía parte del apartamento.

La cocina estaba a la izquierda.

En la otra había estado a la derecha.

Irene se sintió inexplicablemente complacida.

La mesa tampoco coincidía: madera clara, grande, llena de herramientas, paños, frascos y una pieza curva apoyada sobre tela azul.

—¿Qué es eso?

Gabriel siguió su mirada.

—Una costilla.

—Espero que no sea humana.

—De violonchelo.

—Mucho mejor.

—Depende del violonchelo.

La sostuvo sobre la palma.

—Se deformó. Estoy haciendo una nueva.

—¿Fabricas instrumentos?

—Restauro. Fabricar sería demasiado optimista.

—Pensaba que dabas clases.

—También.

Irene levantó una ceja.

—¿Hay algo que no hagas?

Gabriel fingió pensarlo.

—Contabilidad.

—Una decisión sensata.

Sonrió.

Aquella sonrisa no se parecía a la que Irene había imaginado.

Era menos segura.

Mejor.

—Bueno. Gracias.

—De nada.

Irene dio un paso.

Gabriel señaló la caja.

—Espera. Está abierta por abajo.

Una solapa se había despegado.

—Mierda.

—Toma.

Buscó un rollo de cinta.

—No hace falta.

—Ya se está cayendo.

—Puedo sujetarlo.

—También puedes aceptar veinte centímetros de cinta adhesiva sin convertirlo en una cuestión de principios.

Irene lo miró.

—No sabes casi nada sobre mí.

Gabriel cortó un pedazo.

—Acabo de aprender algo.

Se inclinó para pegarlo.

Quedaron cerca durante unos segundos.

La marca blanca apareció junto al nudillo.

La misma.

Gabriel terminó.

—Ya está.

—Gracias.

La caja empezaba a pesar.

Irene la acomodó contra la cadera y retrocedió.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Irene.

Subió con la caja entre los brazos.

A mitad del tramo se detuvo.

Gabriel sabía su nombre.

Claro que lo sabía.

Llevaban tres años compartiendo edificio. Había buzones, reuniones, paquetes extraviados.

En casa dejó la caja sobre la mesa sin abrirla.

Buscó en el documento:

Sujeto relacionado: residente n.º 38.

Después de cinco minutos delante de su puerta, la expresión parecía especialmente pobre.

El sistema sabía dónde dormía.

No sabía que hacía chistes malos.

Cerró el portátil.

Pensó en Gabriel.

Durante unos segundos, el porcentaje no apareció.

*

La respuesta llegó el jueves a las nueve y cuarenta y tres.

Irene estaba revisando una liquidación de derechos de autor que no cuadraba por setecientos euros.

Resolución de solicitud de rectificación.

Seis párrafos.

Los tres primeros agradecían su confianza.

El cuarto hablaba de transparencia.

El quinto, de derechos.

El sexto decía algo.

> Tras revisar su solicitud, le informamos de que la categoría mencionada no constituye un dato factual comunicado por usted ni obtenido de una fuente documental directa, sino una inferencia probabilística generada mediante modelos de correlación. Por este motivo, no resulta procedente su rectificación por inexactitud factual.

Debajo:

> Puede solicitar la exclusión de determinados usos comerciales cuando resulte aplicable conforme a la normativa correspondiente.

Irene abrió una respuesta.

Entonces, ¿pueden decir algo falso sobre mí siempre que admitan que lo están adivinando?

La borró.

Durante el resto de la mañana los setecientos euros tuvieron que arreglárselas solos.

A mediodía descargó los documentos asociados a su solicitud y empezó a ordenarlos.

Fue entonces cuando pensó en Gabriel.

Hasta ese momento había tratado el asunto como algo que le ocurría a ella.

Pero la categoría nombraba una relación.

Y una relación necesitaba dos personas, aunque una empresa prefiriese identificarlas como sujeto principal y sujeto relacionado.

Podía presentar la reclamación sin contárselo. Borrar el número. Fingir que residente n.º 38 no identificaba a nadie.

Ella había tardado menos de un segundo.

A las ocho y diez estaba delante de su puerta.

Llamó.

Gabriel abrió sin gafas.

—Hola.

—Hola.

Irene había ensayado tres comienzos durante el trayecto.

—Una empresa cree que tú y yo nos acostamos.

Gabriel no cambió de expresión durante un par de segundos.

—¿Una empresa concreta?

—Sí.

Otro segundo.

—Porque si es el capitalismo en general, me parece una acusación demasiado amplia.

Irene se rió.

—¿Quieres entrar?

La pregunta la dejó quieta.

Por encima de su hombro veía la cocina real.

—No.

Gabriel asintió, salió al rellano y cerró la puerta.

—Cuéntame.

Irene abrió una captura en el teléfono.

Gabriel leyó.

La expresión divertida desapareció.

—¿Setenta y ocho coma cuatro?

—Sí.

Gabriel se quedó un momento mirando el número.

—¿Y esto lo puede comprar cualquiera?

—No sé quién puede comprar exactamente qué. Eso es parte del problema.

—¿Y yo soy el sujeto relacionado?

—Eso parece.

—Ni siquiera tengo nombre.

—En mi copia, no.

Amplió la imagen.

—«Relación interpersonal inferida: íntima».

—Sí.

—¿Íntima cómo?

—No creo que estén clasificando amistades profundas.

Gabriel levantó la mirada.

Le devolvió el móvil.

—¿De dónde sacan esto?

Irene explicó las coincidencias residenciales, los horarios, las zonas comerciales, los trayectos, los periodos de inactividad.

La lasaña.

Gabriel levantó una mano.

—Espera. ¿La lasaña cuenta?

—Al parecer.

—Eso me preocupa.

—¿Por qué?

—Vivo solo y compro comida para cuatro.

—Entonces probablemente tengas una familia secreta.

—Espero que no. No tengo espacio.

Le habló de la noche del catorce de marzo.

De su llegada.

De los seis minutos entre un despertar y otro.

No mencionó la otra noche.

Gabriel dejó de bromear.

—¿Pueden saber todo eso?

—Juntan datos de sitios distintos. Aplicaciones, compras, publicidad, localización... La dirección puede salir de registros de domicilio o de bases compradas a terceros. El informe no dice de cuál.

—Pero hay un perfil.

—Puede.

—Estupendo.

Miró su propia puerta.

—¿Les has dicho que se equivocan?

Irene mostró el correo.

Gabriel lo leyó.

Al terminar soltó una risa seca.

—Fantástico.

—¿Qué?

—No dicen que sea verdad.

—Exactamente.

—Pero quieren conservarlo.

Irene guardó el teléfono.

Había cumplido su objetivo.

Podía marcharse.

Ninguno se movió.

Desde algún apartamento se escuchaba una televisión. Un niño corrió arriba. Las tuberías vibraron.

Gabriel cruzó los brazos.

—¿Qué vas a hacer?

—Otra reclamación. Quizá protección de datos. Tengo que revisar opciones.

—¿Necesitas algo mío?

Irene lo miró.

—Me refiero para la reclamación.

—Ya.

—Aunque la cara que has puesto ha sido interesante.

—Cállate.

Gabriel sonrió.

Irene también.

Él miró hacia las escaleras.

—Hay una cosa del informe que no me gusta.

—¿Cuál?

—Suena como si toda la idea hubiera salido de una máquina.

Irene esperó.

—Y no.

—¿No qué?

Gabriel tardó.

—Que no haya nada.

El rellano se quedó muy quieto.

—Me gustas —dijo.

Sin sonrisa.

Sin acercarse.

Irene se había pasado varios días preguntándose cuánto de su propio deseo podía atribuir al informe.

No había pensado demasiado en el suyo.

—Desde antes —añadió Gabriel.

—No tienes que demostrarme nada.

—No estoy demostrando nada.

—Gabriel.

—Has venido a decirme que una empresa lleva meses imaginándose nuestra vida sexual. Déjame aclarar al menos mi parte.

Irene soltó una risa breve.

—No existe ninguna parte.

—Ya.

Lo dijo sin ironía.

—Solo quería que lo supieras.

Irene miró la puerta.

La cocina que había inventado.

La cocina real.

Las gafas.

El barniz.

La cinta adhesiva.

—Tengo que irme.

—Vale.

Subió una planta.

Antes de entrar en el 48 miró hacia abajo.

Gabriel seguía junto a su puerta.

—¿Irene?

—¿Qué?

—El algoritmo sigue equivocado.

Ella apoyó una mano en la barandilla.

—Ya lo sé.

Entró.

Le molestó comprobar que aquella frase ya no bastaba.

*

El viernes por la mañana Irene desbloqueó el teléfono y buscó un mensaje de Gabriel.

No había ninguno.

Naturalmente.

No tenían sus números. No eran amigos: ni un café, ni un beso.

La situación seguía siendo sencilla sobre el papel.

Apagó la pantalla.

A las nueve y veinte volvió a mirar.

Nada.

Ahora sabía que él se había fijado en ella.

Eso alteraba retrospectivamente demasiadas cosas.

La mañana del paraguas.

La reunión en la que discutió con el administrador.

El ascensor.

Se sorprendió reconstruyendo encuentros a partir de detalles mínimos.

Lo dejó.

El sábado salió a correr más temprano y cambió el recorrido. Al volver comprobó la aplicación: ochocientos metros más. Pensó en lo que una desviación podía significar para alguien que solo viera puntos sobre un mapa.

Borró la actividad.

¿Eliminar definitivamente?

Sí.

Se quedó mirando la pantalla.

Ese día había empezado a comportarse de manera distinta para escapar de una descripción que ya existía.

Por la tarde encontró a Gabriel colocando una carta en un buzón.

—Hola.

—Hola.

Él señaló su bolsa.

—¿Lasaña?

Irene lo miró.

Gabriel levantó las manos.

—Era una broma.

—No tiene gracia.

—Un poco sí.

Entraron en el ascensor.

Gabriel habló antes de llegar a su planta.

—¿Quieres tomar algo esta noche?

Irene volvió la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque tengo sed a partir de las ocho.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

Las puertas se abrieron.

Gabriel no salió.

—Porque me gustas.

Irene mantuvo el dedo sobre el botón.

—¿Y ahora te parece buena idea?

—Me parecía buena antes.

—No es lo mismo.

—Para mí sí.

—Ya sabes lo del informe.

—Precisamente.

Gabriel miró las puertas abiertas.

—¿Vas a secuestrar el ascensor mucho rato?

Irene soltó el botón.

Él salió.

Ella también.

Terminaron en la calle sin decidirlo del todo.

Era una noche húmeda. Un bar había sacado mesas a la acera. Dos hombres discutían junto a una moto.

Gabriel señaló la esquina.

—Hay un sitio ahí.

—No quiero tomar nada.

—Vale.

Siguió andando.

Irene lo acompañó.

—¿Adónde vamos?

—A ninguna parte.

—Muy eficiente.

—Intento adaptarme.

Casi sonrió.

—Gabriel.

Él se detuvo.

—Esto no es normal.

Miró alrededor.

—Estamos caminando.

—Sabes lo que quiero decir.

—Sí.

Esperó.

—Me desespera que hagas eso.

—¿Qué?

—Esperar.

—Puedo hablar.

—No hace falta.

—Decídete.

Irene exhaló.

—Hay una empresa diciendo que tú y yo tenemos una relación que no tenemos.

—Sí.

—Y ahora estamos haciendo esto.

—Caminar.

—No seas imbécil.

—No estoy intentando serlo.

Eso era verdad.

—Yo no sabía nada de ese informe cuando empezaste a gustarme —dijo.

Irene bajó la mirada.

—Yo sí lo sé ahora.

Gabriel guardó silencio.

—Vale.

—¿Vale qué?

—Que lo sabes.

—No es tan sencillo.

—No he dicho que lo sea.

Irene abrió la boca.

No encontró una respuesta que no sonara prestada de una discusión más inteligente.

Gabriel dio un paso hacia ella.

Poco.

—¿Quieres que me vaya?

Irene negó antes de pensarlo.

Él no hizo nada más.

El deseo apareció con una claridad brutalmente sencilla.

Gabriel estaba ahí.

La acera húmeda.

La chaqueta de siempre.

El cansancio bajo los ojos.

Nada construido.

Irene avanzó medio paso.

Él bajó ligeramente la cabeza.

Su mano encontró la de Gabriel. Las yemas de los dedos, apenas un segundo.

Podía terminar la distancia.

Retrocedió.

La mano también.

Gabriel se quedó quieto.

—Vale.

—No es que no quiera.

Él cerró los ojos un instante.

—Eso lo empeora.

—Ya lo sé.

Gabriel miró la calle un momento.

—Está bien.

—No parece que esté bien.

—No tiene que estarlo.

Se volvió hacia ella.

—Nos vemos, Irene.

Entró en el portal.

Ella se quedó fuera.

Durante unos segundos sintió que había evitado algo.

Después se preguntó qué.

*

El domingo Irene desactivó la ubicación del teléfono.

Después revisó las aplicaciones.

Mapas.

Tiempo.

Supermercado.

Una de recetas.

Dos tiendas.

Transporte.

Otra que había descargado dos años atrás para identificar plantas.

—¿Para qué coño necesitas saber dónde estoy?

Revocó el permiso.

Después cámara.

Micrófono.

Bluetooth.

Seguimiento publicitario.

Actividad física.

Contactos.

A mediodía había eliminado nueve aplicaciones.

Abrió el historial de localizaciones.

Trabajo.

Casa.

Cafetería.

Supermercado.

Parque.

Una vida vista desde arriba.

Pulsó Eliminar historial.

Sí.

Otra confirmación.

Sí.

El mapa quedó vacío.

Esperó.

Nada especial.

Abrió el perfil comercial.

RELACIÓN INTERPERSONAL INFERIDA: ÍNTIMA.

Seguía allí.

Se quitó el reloj deportivo y lo dejó junto al teléfono.

Había cambiado rutas.

Borrado actividades.

Rechazado a Gabriel.

Todo después de leer una frase.

Se sentó.

Si lo besaba, parecía darle la razón al perfil.

Si no lo besaba para impedirlo, seguía respondiendo a él.

No había manera de volver al lunes anterior.

Tampoco de averiguar qué habría ocurrido en una vida donde jamás hubiera abierto aquellas ciento ochenta y seis páginas.

Miró el teléfono.

Se levantó.

Lo dejó donde estaba.

El reloj también.

Cogió las llaves.

Bajó una planta.

La puerta 38 estaba al final del rellano.

No llevaba paquetes.

Llamó.

Gabriel abrió con el pelo todavía húmedo.

—Hola.

—Hola.

Irene había preparado varias frases.

—No llevo teléfono.

Gabriel miró sus manos.

Asintió.

—¿Eso es todo?

—No sé qué quieres que diga.

—Yo tampoco.

Él apoyó una mano en el marco.

—Que no lleves teléfono no significa que tengas que quedarte.

Irene lo miró.

—Ya lo sé.

Gabriel no se apartó.

Tampoco la invitó.

El umbral seguía allí.

Irene dio un paso.

Él se hizo a un lado.

La puerta se cerró.

El apartamento olía a café y resina.

La mesa estaba medio despejada. Dos tazas junto al fregadero.

Irene miró hacia la cocina.

—¿Qué?

—Nada.

—Has puesto una cara.

—Estoy comprobando una cosa.

—¿Y?

—La cocina sigue donde debería.

Gabriel tardó un segundo.

—Me alegro.

Irene dejó las llaves.

Él permanecía lejos.

—¿Quieres café?

Ella rió.

—No.

—¿Agua?

—Tampoco.

—Tengo mandarinas.

—Eso sí lo sabía.

Gabriel sonrió.

Irene avanzó hasta quedar cerca.

Escuchaba el frigorífico. Una tubería. Pasos en el piso de arriba.

—Lo de ayer... —empezó él.

—No.

—¿No qué?

—No quiero hablar de ayer.

—Vale.

—Quiero decir...

Gabriel esperó.

Irene levantó una mano.

—Como vuelvas a esperar así te pego.

—Vale. Pero avisa antes.

La risa le salió antes de poder impedirlo.

Después lo miró.

—Bésame.

Gabriel la besó.

Salió mal.

Se acercaron al mismo tiempo y sus narices chocaron.

Ambos se separaron.

—Muy elegante —dijo Irene.

—Llevaba cuatro días ensayándolo.

Esta vez se rió de verdad.

Volvió a agarrarlo de la camiseta y el segundo beso encontró mejor el sitio.

Gabriel le sostuvo la cintura.

La cautela inicial se transformó pronto en atención. Irene notaba cuándo él esperaba, cuándo ella era quien lo acercaba, cuándo uno cambiaba el ritmo y el otro lo seguía.

Su espalda llegó a la mesa.

Una taza cayó de lado.

No se rompió.

Gabriel se apartó.

—Un segundo.

—¿Qué?

—Café.

Un pequeño charco avanzaba sobre unas facturas.

—¿En serio?

—Es de la asociación de vecinos.

—Déjala morir.

Gabriel se echó a reír.

Irene volvió a besarlo antes de que recogiera nada.

Él respondió con una intensidad que la sorprendió.

Las manos subieron por su espalda. Irene le rodeó el cuello y sintió humedad todavía en su cabello.

Gabriel la besó bajo la oreja.

Irene cerró los ojos.

Y pensó en el porcentaje.

—Espera.

Gabriel se detuvo.

—¿Qué?

—Ha vuelto.

Él no necesitó preguntar qué.

Dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Qué oportuno.

Irene apoyó las manos en su pecho.

—Lo siento.

—No.

Gabriel tomó una de sus manos.

Solo la sostuvo.

—Podemos parar.

Irene miró los dedos unidos.

—No quiero.

Él esperó.

—Quiero dejar de comprobar si esto demuestra algo.

—¿Y cómo se hace?

Irene negó con la cabeza.

—Ni idea.

—Fenomenal.

—No te burles.

—No me burlo. Me tranquiliza que no tengas un procedimiento.

Irene lo besó.

Más despacio.

La camiseta de Gabriel terminó torcida cuando intentó quitársela y una manga quedó enganchada en un saliente junto a la entrada.

—No puede ser —dijo desde dentro de la tela.

Irene tuvo que apoyarse en la pared.

—El algoritmo no predijo eso.

Gabriel consiguió liberarse.

—Cállate.

Volvieron a acercarse.

Una fantasía nunca colocaba mal las manos.

Ellos sí.

A veces tenían que corregirse.

En algún momento llegaron al dormitorio.

Irene reconoció la puerta antes de atravesarla.

No era la que había imaginado.

Tampoco la cama.

Ni la luz.

Ni Gabriel.

Entró.

Gabriel lo hizo detrás y durante unos segundos ninguno pareció saber qué correspondía hacer a continuación.

Eso la hizo sonreír.

En la otra noche ninguno había dudado así. Claro: Irene había estado sola.

Gabriel estaba frente a ella con una mano todavía apoyada en el marco de la puerta.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Otra vez esa cara.

—Estoy haciendo comparaciones.

—Preferiría no conocer los criterios.

Irene avanzó y le pasó los brazos alrededor del cuello.

—Entonces no preguntes.

Esta vez el beso comenzó despacio.

No había urgencia en demostrar que querían estar allí. Eso ya estaba decidido.

Gabriel apoyó las manos en su cintura y esperó apenas un instante antes de acercarla. A Irene le gustó notar esa pausa, el pequeño espacio que quedaba antes de decidir si se acercaba más.

Lo besó con más fuerza.

Gabriel respondió.

La espalda de Irene encontró la pared junto a la puerta, pero él se apartó ligeramente, dejándole sitio.

—No hace falta que tengas tanto cuidado —murmuró ella.

—Hace cinco minutos te has enfadado porque espero.

—No me enfadé.

—Claro.

Irene tiró de él hasta recuperar su boca.

El dormitorio olía débilmente a madera, igual que algunas tardes el ascensor después de que Gabriel volviera del taller. Hasta entonces ese olor había pertenecido a encuentros de treinta segundos y frases sobre el tiempo. Allí era distinto. Más próximo. Irene podía encontrarlo en el cuello de su camiseta, en el pelo todavía húmedo, mezclado con jabón.

Gabriel inclinó la cabeza para dejarle espacio.

La barba raspó ligeramente sus labios.

Gabriel llevó una mano a su nuca y la besó de nuevo. La otra recorrió despacio su espalda hasta detenerse en el borde de la camiseta.

Esperó.

Irene levantó los brazos.

La tela desapareció por encima de su cabeza y cayó en algún lugar detrás de ellos.

Gabriel la miró.

No de la manera intensa y perfectamente cinematográfica que Irene habría asignado días antes a ese momento.

La miró con deseo y con algo parecido al desconcierto. Casi cómico.

—¿Qué?

—Nada.

—No puedes utilizar mis respuestas.

—No sabía qué decir.

—Puedes no decir nada.

—También te molesta.

Irene soltó una risa.

Gabriel aprovechó para besarle el hombro.

La risa se le desordenó.

Sintió sus labios subir lentamente hacia el cuello y cerró los ojos. Sus dedos encontraron la espalda de Gabriel bajo la camiseta. Piel caliente. Una pequeña irregularidad cerca de un omóplato que no conocía. Otra cosa que no figuraba en ningún sitio.

Deslizó las manos hacia arriba.

—Quítatela.

Gabriel obedeció.

Esta vez no se enganchó con nada.

—Vas mejorando.

—Eso espero.

Irene apoyó la palma en su pecho para callarlo y él atrapó la mano antes de que pudiera retirarla.

La besó en el centro.

Luego junto al pulgar.

Después en la muñeca.

Ese gesto sí consiguió dejarla quieta.

Gabriel levantó la mirada.

La marca blanca junto a su nudillo estaba allí, a pocos centímetros.

Irene la tocó con el índice.

—Esta la conocía.

—¿Qué?

—La cicatriz.

Él miró su propia mano.

—¿De qué?

—No lo sé.

—Entonces solo sabías que estaba ahí.

Irene siguió la pequeña línea blanca.

—Sí.

Levantó la mano de Gabriel y besó precisamente aquella marca.

—Esto no lo sabían.

Gabriel permaneció quieto.

La besó.

Esta vez hubo menos humor.

El deseo recuperó terreno. Las manos de Gabriel bajaron por su espalda; las de ella recorrieron la suya, aprendiendo alturas, huesos, temperaturas. Descubrió un pequeño lunar cerca del hombro y que se estremecía cuando ella le rozaba con los labios cierto punto bajo la oreja.

Durante un instante pensó en la palabra información. La dejó pasar y lo atrajo hacia sí.

La cama estaba demasiado pegada a la pared. Al sentarse, Gabriel se golpeó ligeramente una rodilla contra la esquina.

—Joder.

Irene soltó una carcajada.

—¿Te has hecho daño?

—No.

—Eso ha sonado a daño.

—Estoy intentando conservar algo de dignidad.

—Llegas tarde.

Gabriel se frotó la rodilla.

Irene se acercó hasta quedar frente a él.

Durante unos segundos simplemente se miraron.

Había suficiente luz desde la calle para distinguir la expresión del otro.

Gabriel levantó una mano hacia ella, pero se detuvo antes de tocarla.

Irene inclinó la cabeza.

—¿Qué?

—Nada. Quería mirarte.

Irene tomó aquella mano y se la llevó a la cintura.

Gabriel entendió.

El resto de la ropa fue desapareciendo con menos solemnidad de la que Irene habría imaginado. Hubo botones obstinados, una prenda que cayó donde no debía y un momento en que ambos intentaron moverse hacia el mismo lado y tuvieron que corregirse riendo.

Luego dejaron de reír.

La piel cambió el ritmo. Aquel cuerpo ya no estaba dividido en fragmentos entrevistos en el ascensor: una mano, un cuello sobre una camiseta, unos antebrazos cargando bolsas.

Gabriel le acarició la espalda con la palma abierta, despacio, como si estuviera aprendiendo una superficie que no quisiera recordar mal. Irene se acercó hasta sentir su respiración contra la garganta.

Lo besó.

Después dejó que él la besara a ella.

Durante un rato perdieron la necesidad de hablar. Cuando Gabriel se detenía, Irene volvía a buscarlo; cuando ella se quedaba quieta, él esperaba. La iniciativa pasó de uno al otro hasta que dejó de importar quién había empezado qué.

En algún momento Irene quedó tumbada y Gabriel junto a ella. La grieta junto a la lámpara entró en su campo de visión. Solo un segundo.

Gabriel le apartó un mechón de la cara.

—¿Bien?

Irene asintió.

Luego, porque el gesto le pareció insuficiente:

—Sí.

Lo tomó de la nuca y lo acercó.

El beso dejó de ser una prueba. Irene dejó de contar pausas y de comparar.

Gabriel estaba allí. Irene dejó que bastara.

Después el tiempo se volvió impreciso: besos que se mezclaban entre sí, caricias que regresaban con más confianza, intervalos de quietud en los que ninguno parecía necesitar avanzar.

Cuando Irene volvió a pensar con claridad, estaba apoyada contra Gabriel, escuchando cómo su respiración disminuía. No supo cuánto tiempo había pasado.

Gabriel rozó su hombro con los labios.

—Hola —dijo.

Irene abrió los ojos.

—¿Hola?

—No se me ocurre nada mejor.

—Menos mal que das clases.

—No de esto.

Irene sonrió y escondió la cara contra él.

Allí, en una posición poco elegante que empezaba a molestarle en el cuello, sintió algo que no había existido en la noche inventada: el peso de Gabriel, su temperatura, el brazo que se le iba durmiendo debajo.

—Creo que me estás cortando la circulación.

Irene se incorporó inmediatamente.

—¿Por qué no has dicho nada?

—Estaba intentando ser romántico.

—No lo hagas.

Gabriel movió los dedos hasta recuperar sensibilidad.

—Tomaré nota.

Irene lo observó.

—No.

—¿Qué?

—Nada de notas.

Gabriel la miró un instante y entendió.

—Vale.

Esta vez ninguno hizo una broma.

Él se levantó.

—Voy por agua.

Irene asintió y se dejó caer otra vez sobre la almohada.

Entonces vio la pequeña grieta junto a la lámpara.

Irene permaneció tumbada mirándola.

Oyó abrir un armario.

Un vaso contra otro.

El frigorífico.

Gabriel regresó.

—¿En qué piensas?

Irene siguió la grieta con los ojos.

—Tu dormitorio es bastante feo.

—Gracias.

—Pensaba que sería distinto.

Gabriel volvió la cabeza.

—¿Cuándo?

Irene tardó demasiado.

Él levantó las cejas.

—Ah.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Estás diciendo muchísimo.

Gabriel bebió.

Irene le quitó el vaso.

—Cuando vi los registros imaginé una noche.

Esta vez no bromeó.

—¿Nuestra?

—Una que no existía.

—¿Era mejor?

Irene consideró la respuesta.

—Estaba mejor decorada.

Gabriel rió.

Irene apoyó la cabeza contra su hombro.

Miró su muñeca.

Vacía.

El teléfono estaba un piso más arriba.

—¿Qué? —preguntó Gabriel.

—Nada.

Y siguió allí.

*

Irene regresó a su apartamento a las ocho y doce.

Lo supo por el reloj del horno.

Era casi la hora a la que salía hacia el trabajo todos los días.

El teléfono seguía sobre la mesa junto al reloj deportivo.

Se duchó.

Preparó café.

No encendió el móvil hasta las ocho y cuarenta y seis.

Llegaron notificaciones.

El tiempo.

Correos.

Un aviso del banco.

Mensajes de trabajo.

Nada especialmente interesante.

Abrió el expediente.

Página ciento doce.

RELACIÓN INTERPERSONAL INFERIDA: ÍNTIMA

Sujeto relacionado: residente n.º 38

Confianza del modelo: 78,4 %

La noche anterior había ocurrido, por fin, algo que se parecía a aquella frase.

Pero durante esas horas el teléfono había permanecido apagado en una habitación vacía. El reloj también. No había proximidad entre dispositivos, recorrido compartido ni actividad sincronizada.

El porcentaje seguía siendo exactamente el mismo.

Irene abrió la respuesta de la empresa.

> La categoría mencionada no constituye un dato factual comunicado por usted ni obtenido de una fuente documental directa, sino una inferencia probabilística generada mediante modelos de correlación.

Después:

> No resulta procedente su rectificación por inexactitud factual.

Abrió el formulario de reclamación.

Adjuntó varias páginas.

Eliminó dirección, teléfono, identificadores y datos financieros.

Llegó a la categoría del 38.

La seleccionó.

Si la quitaba, el ejemplo perdía fuerza.

Si la dejaba intacta, hacía circular exactamente aquello que pretendía cuestionar.

Modificó:

RELACIÓN INTERPERSONAL INFERIDA: ÍNTIMA

Sujeto relacionado: [IDENTIFICADOR ELIMINADO]

Confianza del modelo: 78,4 %

Añadió:

> La persona mencionada resulta identificable para mí mediante la información facilitada por el propio perfil. No autorizo su identificación pública ni confirmaré o desmentiré la relación inferida.

Le pareció demasiado jurídico.

Lo dejó.

Explicó las señales utilizadas y adjuntó la respuesta de la compañía.

No escribió qué había ocurrido la noche anterior.

Terminó la reclamación.

Antes de enviarla volvió a solicitar la supresión de la categoría.

El formulario ofrecía cuatro motivos:

Dato incorrecto.

Identidad equivocada.

Información desactualizada.

Otros.

Marcó Otros.

Apareció un cuadro de texto.

Irene escribió:

No autorizo esta inferencia.

Pulsó continuar.

> Motivo insuficiente. Seleccione una causa válida de rectificación.

Soltó una risa.

Podía marcar Dato incorrecto.

Podía marcar Información desactualizada.

No eligió ninguna.

Cerró el formulario.

Envió la reclamación por la otra vía.

Solicitud recibida.

Fue a trabajar.

*

El jueves por la mañana Gabriel dejó su número escrito en un papel debajo de su puerta.

Para que no tenga que facilitártelo un intermediario de datos.

Irene contestó:

Muy considerado.

Después:

¿Estás libre esta tarde?

A las siete y media Gabriel estaba dentro del ascensor cuando ella entró.

Otra vecina viajaba con ellos cargada con dos bolsas de supermercado.

Hablaron del tiempo.

En la tercera planta la mujer se bajó.

Gabriel miró a Irene.

—¿Qué tal la reclamación?

—Admitida a trámite.

—¿Eso es bueno?

—Significa que existe un número de expediente.

—Entonces hemos ganado.

Irene sonrió.

El ascensor se detuvo en su planta.

Las puertas se abrieron.

Gabriel salió.

Irene permaneció dentro.

Él se volvió.

No dijo nada.

Su apartamento estaba un piso más arriba.

El teléfono seguía encendido dentro del bolso.

Irene puso una mano entre las puertas antes de que se cerraran.

Salió.

Gabriel esperó.

Caminaron hasta el 38.

El teléfono vibró.

Irene no lo sacó.

Gabriel abrió la puerta.

Ella entró.

La puerta se cerró detrás de ambos.

¿Cuánto de esto es ficción?

Menos de lo que gustaría. Los intermediarios de datos que construyen perfiles como el de Irene existen — se calcula que solo en Estados Unidos operan más de cuatro mil empresas dedicadas a ese negocio. La información inferida (lo que un sistema deduce de ti sin que lo hayas dicho nunca) es, según quien la usa, la parte más valiosa y la más peligrosa de tu huella digital.

Si quieres entender cómo funciona esto de verdad — qué saben de ti, quién lo vende y qué puedes hacer al respecto — está ¿Nada que ocultar?, mi guía práctica sobre privacidad digital:

Angel Alonso

Ingeniero, profesor universitario y profesional de la tecnología con más de dos décadas de experiencia en administración de sistemas y seguridad de redes. Perfil sombra nace de la misma pregunta que recorre ¿Nada que ocultar?: qué sabe de nosotros la tecnología que usamos todos los días, y qué parte de eso hemos aceptado sin darnos cuenta. Conoce más sobre el autor →

© 2026 Angel Alonso. Todos los derechos reservados. Los personajes y hechos de este relato son ficticios. Cualquier parecido con personas reales es pura coincidencia.